Desempleo, inflación, descalabro de las bolsas de inversión y la ralentización general del crecimiento económico. Por si no fueran indicios suficientes de que la economía mundial no está funcionando bien ahora resulta que empiezan a quebrar los bancos. En apenas quince días ha muerto Lehman Brothers -el cuarto banco de inversión de EE.UU.- y también Hypo Real State -otro gigante de las inversiones en Alemania-. El que sean los bancos de inversión y no los bancos comerciales los que más están sufriendo los rigores de la crisis es sintomático del origen especulativo de esta debacle. En definitiva, quienes han estado invirtiendo estos años lo hacían en bienes cuyo valor de mercado era muy inferior a su valor real (el ejemplo de la vivienda en España es claro). Además, se invertía con dinero que no se tenía, recurriendo para ello a los bancos. La realidad es que cuando la situación global deja de parecer optimista, los inversores quieren recuperar sus depósitos a toda costa, y se encuentran con una riqueza virtual que en el mundo de los vivos tiene un valor muy inferior al esperado. En definitva, esta crisis encuentra su origen en la psicología de las masas, algo no muy diferente a lo sucedido en el crack del 29, aunque con muchos matices.Ante todo esto, muchos ya hablan de que todo esto es un fracaso del capitalismo. El sector privado en crisis reclama ayuda al sector público para salir del bache con el patrimonio de todos, lo que aparentemente supone de renegar del dogma neoliberal de que el mercado lo puede todo y que por tanto se puede discriminar al Estado. Siendo coherentes con la verdad, yo no veo que la crisis actual sea un fracaso del sistema, sino una confirmación de sus limitaciones.
La teoría del liberalismo económico siempre ha previsto la existencia de crisis, y precisamente las crisis son uno de los instrumentos previstos para la autorregulación del mercado. Si Adam Smith viviera para asistir a la situación actual lo vería como una oportunidad de regenerar el mercado: las empresas más fuertes sobrevivirán a la crisis y las débiles desaparecerán. Esta es la lectura liberal o neoliberal de lo que está sucediendo.
Lo que no quieren reconocer los neoliberales es la existencia de 'letra pequeña' en ese contrato que han impuesto a la sociedad -sin que nadie lo firmara nunca- y que se llama libre mercado. Recurrir a una lectura fundamentalista de los grandes clásicos del liberalismo -que tienen alrededor de dos siglos de antigüedad- supone obviar sensibilidades propias de nuestra época contemporánea. El sistema que proponía Hume funciona a la perfección en el mundo de las ideas porque en aquella época a nadie escandalizaba que un niño de doce años trabajara quince horas en una mina de carbón; hoy sería un escándalo. Trayendo la problemática a la contemporaneidad, digamos que un repunte del desempleo provocado por la crisis no preocuparía excesivamente a un neoliberal (a excepción de 'liberales' como Esperanza Aguirre, cuya preocupación responde más al hecho estético que al ético).
En definitiva, lo que ha fallado no es el capitalismo, sino la democracia. Una democracia imperfecta que confiaba en los dogmas capitalistas cuando todo iba bien y que ahora se encuentra con los rigores de la 'letra pequeña'. El Estado no ha acudido al rescate de las empresas, como muchos quieren hacer ver hoy, sino que con una retórica buenista y socialdemócrata intenta salvar a los trabajadores de los rigores de un mercado que se haya en fase de "reestructuración". Quienes dicen que la situación actual es al capitalismo como la caída del muro de Berlín al comunismo, que se esperen unos cuantos años. Entonces volverán -más fuertes que nunca- las empresas que hayan sobrevivido a la crisis, y el Estado se retirará silenciosamente. Ese día los neoliberales volverán a salir del armario y a reescribir la historia, negando la letra pequeña del contrato capitalista.
(P.D: Con este texto retomo la actividad normal de este blog, a razón de un artículo a la semana)
domingo, 5 de octubre de 2008
La crisis que confirma el capitalismo
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Daniel
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domingo, 27 de enero de 2008
Malos tiempos para la economía
2008 no va a ser un buen año para la economía española, tal y como vaticinan la mayoría de economistas. El pasado año terminó con una crisis hipotecaria, un incremento de la inflación y, lo que es más grave, un descalabro en el sector de la construcción, que durante los últimos años fue la locomotora del conjunto de la economía nacional. Ante este panorama -que unos evalúan muy negativamente mientras otros lo afrontan con optimismo por vicisitudes de la campaña electoral-, el ciudadano medio se plantea alarmado la siguiente pregunta: ¿qué está pasando con la economía?
La respuesta no es sencilla, pues la situación actual responde a una serie de acontecimientos desafortunados que se han materializado en unos pocos meses y adivinan años de desaceleración (aunque en este caso se trataría de una “desaceleración saludable”, según manifiesta habitualmente el ministro de economía, Pedro Solbes, en uno de sus habituales maquillajes dialécticos de la realidad). Una de estas circunstancias desencadenantes de la crisis es el estallido de la burbuja inmobiliaria. Aunque 2007 no fue un año malo del todo para las empresas del ladrillo, no es menos cierto que desde el verano se ha registrado una caída en las ventas de vivienda de aproximadamente treinta puntos porcentuales, según G14, el grupo que aúna a las principales inmobiliarias que cotizan en bolsa. El mercado ya no encuentra fácil salida para las viviendas con precios tan altos, y las constructoras de momento tampoco parecen entusiasmadas con la idea de bajarlos.
Las consecuencias inmediatas ya se están haciendo notar. Diciembre registró una tasa de desempleo de un 1,5 por ciento más respecto al mismo mes de 2006, un fenómeno en el que la construcción tiene mucho que ver, pues fue el sector donde más se incremento el paro, con casi un veinte por ciento. Las perspectivas no son más halagüeñas para este año que estrenamos, pues un informe del Servicio de Estudios del BBVA vaticina que la crisis del mercado de viviendas acabará aproximadamente con un cuarto de millón de empleos durante los dos próximos años. Las consecuencias sociales de todo esto quizás no sean tan negativas como cabría esperar, pues la mayor parte de los trabajadores que pertenecen a este sector son inmigrantes (actualmente, unos 200.000 cobran el subsidio de desempleo). El hecho de que sea este colectivo social quien presente mayores índices de paro es positivo en el sentido de que los extranjeros son mucho más dinámicos a la hora de reubicarse profesionalmente, pues no cuentan con el mismo nivel de arraigo que los españoles. Esto significa que en principio lo tienen bastante más fácil a la hora de buscar empleo en otros ámbitos, o incluso en otros países con mejores oportunidades laborales que España.
El problema que subyace a la crisis del sector, hasta ahora, más potente de nuestra economía nacional está más relacionado con el mercado financiero, que también ha entrado en crisis debido en parte a la crisis hipotecaria estadounidense. Actualmente los bancos y cajas de ahorros presentan ciertos problemas de liquidez, aunque los Bancos Centrales ya han proyectado préstamos extraordinarios para garantizar la disposición de capital de las entidades. La llamada “guerra por el pasivo” es una manifestación de que los prestamistas están dispuestos a agarrarse a un clavo ardiendo con tal de disponer de crédito suficiente. Son manifiestos los esfuerzos de diversas entidades para convencer de la conveniencia de dejar los ahorros en depósitos (a cambio de jugosas comisiones), en prejuicio de los fondos de inversiones; que por otra parte, ya no son tan interesantes después de los últimos vaivenes de la bolsa (lo que no deja de ser otra manifestación de la incertidumbre sobre la economía).
A la hora de abordar la situación, tampoco se puede dejar de lado la inflación, que durante las pasadas navidades ha contribuido casi tanto como las resacas al dolor de cabeza de buena parte de las familias españolas. La subida de los precios -además de perjudicar al consumo, al crecimiento de la economía y la competitividad en los mercados extranjeros-, disminuye la capacidad adquisitiva de los núcleos familiares. En un país con una población hiperhipotecada, que lleva años manteniendo un nivel de gasto por encima de sus posibilidades, el tema se torna bastante serio. Durante el pasado año, un catorce por ciento de los ciudadanos hipotecados dejó de pagar al menos una cuota mensual de su préstamo; además, la empresa de análisis y calificaciones Moody’s profetiza que el número de hipotecas impagadas en España se multiplicará por 15 durante este año. La amenaza de la deuda y la morosidad se cierne sobre los bancos, pues no son sólo las familias quienes tienen problemas a la hora de devolver lo que pidieron prestado: sólo las empresas inmobiliarias acumulan casi 300.000 millones de euros de deuda (un compromiso que difícilmente podrán cumplir si no consiguen vender sus viviendas vacías). Si aumenta el nivel de hipotecas no pagadas, previsiblemente los bancos recurrirán al embargo de cientos y cientos de viviendas devaluadas, que difícilmente encontrarían una salida en el mercado (de hacerlo, lo harían a un precio mucho menor del que tenían en los últimos años). Para entonces quizás sí podríamos hablar abiertamente de una crisis económica en toda regla.
(P.D: Recuerdo que después de examenes, alrededor del día 16 de febrero, retomaré el ritmo normal de publicación)
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Daniel
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Etiquetas: bolsa, construcción, crisis, Economía

